En la segunda mitad del siglo XIX, la división internacional del trabajo estableció dos mundos disímiles, los productores de materias primas y los de bienes industriales. Estos, los países centrales, se lanzaron a la conquista de territorios periféricos que les permitieran engrandecer sus imperios y colocar sus productos, además de proveerlos de materias primas.

Se produjo así el reparto de África y del Pacífico y el control sobre Asia, aunque la región oriental de este continente quedó al margen de la dominación occidental. (Hobsbawm, Eric, 1989). En este proceso, fue fundamental para las potencias establecer administraciones capaces de mantener el orden y explotar la fuerza de trabajo nativa. Mas allá de algunas diferencias, dos tipos de políticas fueron aplicadas en los territorios ocupados:
GRAN BRETAÑA. Impuso un modelo de ASOCIACIÓN en el que los pueblos sometidos podían mantener sus rasgos culturales en un territorio de control colonial. Así, los sectores dominadores locales tuvieron asignados diferentes funciones, como la recaudación de impuestos o la organización del trabajo, manteniendo algo de su poder y su riqueza. Podría decirse que las aristocracias locales podían participar del dominio británico. En otros territorios, el dominio se aplicó de manera más directa.
FRANCIA. Los franceses aplicaron un modelo de ASIMILACIÓN en el que propusieron incorporar y transformar a las poblaciones locales en ciudadanos franceses, imponiendo la cultura del país dominador. Esta política generó fuertes contradicciones cuando los franceses siguieron considerando como inferiores a los nativos, quienes habían sido educados en la lengua y la cultura dominante.